12 de noviembre de 2010

REFLEXIONES SOBRE LA RECONCILIACION PERSONAL Y SOCIAL


Guillermo Sullings – Julio 2007

Si es que buscamos la reconciliación sincera con nosotros mismos y con aquellos que nos han herido intensamente es porque queremos una transformación profunda de nuestra vida. Una transformación que nos saque del resentimiento en el que, en definitiva, nadie se reconcilia con nadie y ni siquiera consigo mismo. Cuando llegamos a comprender que en nuestro interior no habita un enemigo sino un ser lleno de esperanzas y fracasos, un ser en el que vemos en corta sucesión de imágenes, momentos hermosos de plenitud y momentos de frustración y resentimiento. Cuando llegamos a comprender que nuestro enemigo es un ser que también vivió con esperanzas y fracasos, un ser en el que hubo hermosos momentos de plenitud y momentos de frustración y resentimiento, estaremos poniendo una mirada humanizadora sobre la piel de la monstruosidad.”.

Silo, Punta de Vacas, 05/05/2007

La trampa del resentimiento

Existen estados emocionales pasajeros y otros más duraderos. Por lo general, tanto la exaltada alegría al recibir una buena noticia, como el terrible pesar al recibir una muy mala, son emociones fuertes que se diluyen con cierta rapidez. Por el contrario, la nostalgia, la tristeza autocompasiva, el nihilismo y el resentimiento, pueden instalarse por períodos más prolongados, y a veces teñir toda nuestra conducta durante mucho tiempo, al punto tal de pasar a formar parte de nuestra personalidad. Hay entre estos últimos, algunos casos casi patológicos muy notorios, claramente observables; pero la mayoría, por ser más sutiles y generalizados, pasan a formar parte de las conductas socialmente aceptadas.

“Aquello que se perdió, y ya nunca volverá...”, pareciera justificar con lógica fatalista, la tristeza crónica de quien se empantana en ese sentimiento, tal vez en la búsqueda de la conmiseración de un interlocutor externo, real o imaginario.

“Aquello a lo que aspiraba y ya no podrá ser...”, inmutable realidad que pareciera justificar la desesperanza y el derrotismo.

“El mundo me ha endurecido, con tanta injusticia y sufrimiento...”, motivos más que suficientes para alimentar la llama del rencor, el prejuicio y el nihilismo.

Tomándonos la libertad de incluir bajo el término resentimiento, no solo al rencor, sino a todos estos sentimientos negativos que se instalan y se re-sienten permanentemente, podemos decir que, precisamente una de las puertas de la trampa del resentimiento, es la lógica aparente de lo que se siente, justificándolo por lo que ha ocurrido en el pasado. Desde luego que es una lógica con gran dosis de autoengaño.

Dario Ergas, humanista chileno, en su libro “El Sentido del Sinsentido”, refiriéndose a la lógica del resentimiento dice: “¡Qué real se nos aparece el resentimiento! ¡Qué lógica tan irrefutable justifica nuestro discurso! ¡Qué evidente es la injusticia cometida con nosotros, la violencia a que fuimos sometidos, el miserable engaño con el que se nos encantó! ¡La muerte nos sorprendió como accidente sin misericordia! ¡Cuánta lógica hay en ese razonamiento por el cual estamos resentidos! Es hasta correcto. Extraño sería lo contrario. Es evidente que se me perjudicó. Es evidente que eso condicionó mi vida. Ni siquiera he tomado venganza, o tal vez si…Hay un solo detalle. Sufro.”

Seguramente que es ese sufrimiento, (o la perturbación que mencionaba Krishnamurti), lo que debiera motivarnos a salir de ese estado. Pero no es tan sencillo al parecer. Porque cuando uno se quema con fuego, retira la mano y a futuro toma precauciones para no quemarse. Pero el resentimiento parece retenernos con un formidable magnetismo. Entonces, o bien estamos anestesiando ese sufrimiento por lo cual no se hace evidente, o bien lo sentimos pero no se lo adjudicamos al resentimiento. O tal vez ambas cosas.

Ya que pusimos el ejemplo del dolor corporal, donde el reflejo hace que nos alejemos de la fuente del dolor, también tenemos ejemplos donde no está tan clara la fuente del dolor, y por lo tanto no nos alejamos de ella, y hasta a veces nos acercamos más. Cuando ingerimos ciertos alimentos sabrosos en exceso, es obvio que no nos causan malestar en la boca ni en la lengua como para rechazarlos, sino todo lo contrario. Claro que luego como consecuencia nos puede doler la cabeza por una afección hepática; y ese dolor sí que lo queremos rechazar infructuosamente, tomándonos la cabeza o maldiciendo. Y hasta que un médico no nos explica la relación entre lo que comemos y el dolor de cabeza, seguramente que no podremos resolver el problema.

Algo parecido ocurre con el resentimiento, no siempre se nos evidencia que cierto tipo de sufrimiento tiene su raíz en él. Y peor aún si ese sufrimiento producido por el resentimiento, se va anestesiando y metamorfoseando con conductas compensatorias, en las que el resentido encuentra un modo de autoafirmarse en roles en los que se siente seguro de sí mismo y superior a los demás, y hasta se siente valorado en cierto entorno social adecuado a sus roles.

Algunos seres brutales, al resentirse, se autoafirman en la “guapeza” y ostentan la violencia física como un factor de prestigio.

El débil resentido se autoafirma en sus “talentos” y degrada a los que “no están a su altura”, ejerciendo violencia sicológica.

El frustrado resentido se autoafirma en su nihilismo, asumiendo que todo aquel que cree en algo es un ingenuo, y así en un mundo de idiotas, él se siente exitoso por contraste.

Desde luego que, tal como expresa Dario Ergas, “…ese malestar sufriente se anestesia, pero también se anestesia el futuro y la motivación de hacer en el mundo”. Y eso en algún momento puede provocar una crisis, y allí puede haber una oportunidad de cambio.

Claro que para que exista esa posibilidad de cambio, habrá que comprender que la raíz de tal crisis está en el resentimiento, y a veces no es tan sencillo desmontar el andamiaje de las creencias. Como ya hemos visto, la trampa del resentimiento tiene una primer puerta que hay que atravesar para salir, que es la de la supuesta lógica entre “lo que los demás me hacen y lo que a mi me pasa”.

El ácido del rencor no corroe a ese odiado enemigo, sino el interior de quien odia.

El nihilismo apaga las esperanzas del escéptico, pero no detiene a los supuestos culpables de sus frustraciones.

Se trata de comprender que el resentimiento es un acto de uno mismo contra uno mismo, que genera sufrimiento .


La Reconciliación

“Reconciliar en uno mismo es proponerse no pasar por el mismo camino dos veces, sino disponerse a reparar doblemente los daños producidos” Silo, Punta de Vacas, 05/05/2007.

Desde luego que el tratamiento superficial y descomprometido del tema de la reconciliación, también forma parte de la diplomacia hipócrita de los políticos de esta época, que mientras avasallan la vida y los derechos de las poblaciones en todo el mundo, hacen continuos y fervorosos llamados por la paz y la justicia.

Pareciera ser que algunos, tanto en lo personal como en lo social, entienden la reconciliación como una suerte de “borrón y cuenta nueva”, que les permite pasar varias veces por el mismo camino.

“Nada bueno se logra personal o socialmente con el olvido o el perdón. ¡Ni olvido ni perdón! Porque la mente debe quedar fresca y atenta sin disimulos ni falsificaciones....”

“...No seremos nosotros quienes juzgaremos los errores propios o ajenos, para eso estará la retribución humana y la justicia humana y será la altura de los tiempos la que ejercerá su dominio, porque yo no quiero juzgarme ni juzgar...quiero comprender en profundidad para limpiar mi mente de todo resentimiento.” Silo, Punta de Vacas, 05/05/2007.

La reconciliación no implica olvidar el pasado, sino evitar que el pasado se nos imponga como si fuera el presente, oscureciendo y condicionando el futuro. Es sobre todo un acto positivo hacia uno mismo, más allá de que pueda también tener consecuencias en otros.

El resentido que busca reconciliarse, no debiera plantearse si ese acto significa “amigarse con”, sino que significa “curarse de”.

Seguramente que muchos ciudadanos no se decidirán a exigir a sus gobernantes aquello que íntimamente consideran utópico. Pensarán que es más realista presionar a los gobernantes solamente cuando les aumentan los combustibles o los impuestos. Pensarán que “hacer lo correcto”, es apoyar alguna ONG que deriva algunos centavos para salvar la vida de algunos desnutridos, mientras sus gobiernos gastan fortunas en armamentos que arrasan con millones de vidas. Otros pensarán simplemente que este mundo es para unos pocos, que así han sido y serán siempre las cosas, aunque no nos guste.

¡Pues tenemos para los ciudadanos, una noticia mala y otra buena!

La mala noticia es que deberán asumir la responsabilidad de la violencia en el mundo.

Y es una mala noticia, porque a partir de ahora no podrán culpar solamente a los poderosos del sufrimiento propio y ajeno.

La buena noticia es que deberán asumir la responsabilidad de la violencia en el mundo.

Y es una buena noticia, porque a partir de ahora estará en sus manos terminar con la violencia.

Y para terminar con la violencia, deberemos empezar a transitar el camino de la reconciliación, a partir de una necesidad de un profundo cambio en nuestras vidas.

Tal vez la misma necesidad que algún día impulsó al primer homínido a ponerse de pie y poder mirar al cielo, para que luego se pusieran de pie algunos otros, y luego todos.

Tal vez la misma necesidad que algún día hizo que el primer hombre le perdiera el temor al fuego, para que luego perdieran el temor otros, y luego todos, hasta llegar a dominarlo.

G.S – Julio 2007